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"Y es que el universo siempre conspira a favor de los soñadores"

viernes, 17 de febrero de 2017

Hoy vuelvo a ser menos yo

Hoy, más que nunca, soy todo aquello que prometí alguna vez no volver a ser.
Aquél juramento en vano y los dedos cruzados detrás de mi espalda.
Aquella sonrisa fingida que acompaña al “bien” que sólo tú sabes ver.
La genuflexión de ambas rodillas frente a aquél que me deja más vacía de mí misma.

Quédate.
Aunque no entiendas cuál es el tormento.

Quédate.
Aunque no entiendas mis motivos.

Quédate.
Aunque no sepas qué sobra en todo esto.

Quédate.
Aunque no sepas qué me falta.

Hoy, más que nunca, soy todo aquello que prometí alguna vez no volver a ser.
La negación del problema.  La mirada  hacia otra parte. La aceptación de su victoria.
Aquél reencuentro con los temblores que alguna vez celebré que fueran míos.
El infinito abrazo a las baldosas que vuelven a sostener mi cuerpo, vencido, hundido.


Hoy, más que nunca, caigo en picado siendo todo aquello que prometí alguna vez no volver a ser.

jueves, 19 de enero de 2017

Quiéreme cerca

Podría quedarme a vivir de por vida en el hueco perfecto entre tu pecho y tu hombro.

Podríamos convivir en un adosado los días en los que me odies un poco más o me quieras querer un poco menos. Compartir, de este modo, la pared que nos separa. Prometo, de antemano, no ser una buena vecina. Ya te estoy avisando, no me hables de traiciones y traidores después. 

Rasgaré en mil pedazos las cortinas que me regalarás, con una sonrisa, como bienvenida a tu pequeño vecindario. Arrastraré sillas, compraré muebles inservibles y redecoraré la casa cada 30 minutos de reloj. Reloj que, con cada en punto, traerá al mundo un pequeño jilguero que te atormentará los oídos hasta el punto de hacerte querer vivir medio bien, como lo hacía Van Gogh. Jugaré a las canicas a la hora de la siesta y a la diana, sin ella, cuando tengas que ponerte a trabajar.
Luego quizás descanse, hacerte la vida imposible me es tan agotador. Me pondré cómoda. Optaré por una camiseta ancha y larga que cubra mi falta de decoro y de ropa interior. Me encenderé un cigarro y saldré al porche a observar cómo, inútilmente, intentas encontrar un poco de paz. Daré vueltas al mechero mientras valoro si ya es suficiente por hoy.
Pero pondré fin a mi débil pensamiento vaciando mi cenicero en el felpudo de tu puerta con una nota en la que diga que habrá chocolate caliente y algodón de azúcar sólo si me dejas pasar.
Entonces te dibujaré un maltrecho corazón y firmará abajo “la vecina de al lado” escondiendo en un simple garabato todas las ganas del mundo de que le hagas un poco de caso.


sábado, 29 de octubre de 2016

Cerebros desnutridos

Oscuridad. Vacíos inmensos. Miedo. Prisas. Mismas ideas, mismos complejos, mismos sueños.

Cadáveres sentados frente a la caja de las mentiras creyéndose cultos, creyéndose doctos.
Despojos de vida.
Harapos de chispas.
Cadáveres que ríen, mientras tratan de tapar sus fugas con vicios prohibidos que ahora están a la orden del día. Cadáveres disfrazados de alguien que no son. Mujeres que se aliñan, que se esconden de ellas mismas, que voltean la cabeza frente al reflejo de lo que realmente son. 

Aceptación negada. Búsqueda frustrada. La soledad rompiéndote las ventanas.

Personas a medias  que se regalan al completo sin ni si quiera conocer el valor de sus ideas, la fuerza de sus pestañas. Hombres que buscan en cuerpos ajenos aquello que les falta. Hombres que pierden la paciencia, que gritan y luego se calman. Hombres a los que nadie les enseñó que para encontrar sólo debían mirar dentro.

Cadáveres. Todos vivos pero cada vez más muertos.

Individuos inertes, estáticos. Sin rumbo ni metas. Individuos más pobres que nunca, más solos que nunca, más maleables que nunca, más absorbidos que nunca, más estúpidos que nunca.

Cuerpos abocados al incendio. Manos en desuso. Cerebros desnutridos.

Cadáveres llevando flores a su ombligo, haciendo éste cada vez más grande, dificultando así la salida de ellos mismos. Cadáveres cavando su propia tumba emocional, sembrando semillas de humo, regando las aceras para ver crecer la nada. Cadáveres inmersos en el mundo que guardan en el bolsillo. Esclavos de la apariencia, de la aceptación en una red de muertos inmortalizando momentos al alto precio de no vivirlos.

Sociedad axfisiante. Lenguas corrosivas, abandonos anunciados, heridas que no curan.

Cadáveres obviando las puestas de fuera. Las hojas de fuera. Las nubes de fuera. Los charcos de fuera. Los niños de fuera. Las flores de fuera. Las sonrisas tímidas de fuera. El viento de fuera. Las ramas de fuera. La  vida de fuera.

Miradas vacías de personas vacías en estado de espera.
Aletargamiento emocional.
Mañana será otro día.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La conquista más bonita la llevaron a cabo tus manos

Quiero que te aprendas cada uno de los lunares de mi espalda, que traces una línea con todos ellos y, que ésta, te sirva a modo de amarra donde poder agarrarte cuando todo tu mundo se derrumbe.

Quiero que claves tu bandera en cada uno de los huesos de mi columna vertebral. Que me negocies a base de besos en la nuca, que explores mis costados, recorras mi envés con la punta de tu lengua y conquistes el final de la curva de mi espalda con las tropas de tus dedos.

Quiero que no tengas piedad con las playas que encuentres al paso de tus yemas sobre mi piel. Que no te preocupes de las marcas que en ella dejes ni de lo que puedan llegar a decir de ti, en un futuro, los mejores libros de historia. Quiero que entres en mí, sin miramientos, sin cautela. Quiero que entres y arrases con todo signo de vida humana previo a tu llegada. Que me hagas arder, para purificarme -o matarme del todo-, pero a mí conmigo, a mí sobre ti.

Quiero que busques en mi cuello el lugar adecuado donde encajar tu mandíbula y echarte a crecer. 

Quiero que me busques las cosquillas y te encuentres con escalofríos llenos de vida en la profundidad de mi ser.

Quiero que hagas llover entre mis piernas mil y un diluvios que susurren tu nombre.

Quiero matarte de sed. Hacerte naufrago de mis mares y ofrecerte una costilla a modo de salvavidas hasta que la tormenta amaine.

Quiero que te enfades por ello. Que saques tu artillería pesada y me desarmes contra el filo de cualquier libro, rompiéndome la boca con cada aliento que me escupes.

Quiero que me agarres de la cintura, me separes en dos vertientes y me mires a los ojos mientras galopas hacia el epicentro de mi vientre. Que encuentres en él el punto exacto donde quedarte a vivir de por vida. Donde regalármela a mí.

Quiero que el ansia de llegar a tu destino escondido entre mis muros te haga desbordarte de tus propios límites. Que te crezcas sumido en mis vaivenes, que vuelvas a mirarme a los ojos por última vez antes de morir; sentir terremotos en mis piernas, desglaciaciones en mis muslos, estallido de ti.