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"Y es que el universo siempre conspira a favor de los soñadores"

lunes, 29 de diciembre de 2014

Llamadas de autoayuda.

El teléfono sonaba y yo corría descalza salteando todas las cajas de cartón que me recordaban que ya no estabas, que era muy posible que no volvieras y que el invierno podría entrar en cualquier momento por esa ventana y hacer de este salón su maldita caja de pandora.

A 2 segundos de la rendición llegaba yo y descolgaba el teléfono fingiendo que no había cansancio en mi voz y ocultando los picos de mi respiración.

-¿Si?

-Hola, ¿Hay alguien ahí?

-… Clara, ¿eres tú?

Era pronunciar tu nombre y la no-conversación acababa. Entonces con mil gritos en la garganta miraba el reloj y entendía que eras tú. Que no había otra que le temiese a las horas, que temblase cuando sus miedos estaban a punto de devorarla ni que gritase mi nombre teniendo como aliado al silencio de una llamada. Sabía que eras tú por tu manía de quedarte callada ante los problemas, por el ritmo desacompasado de tu respiración y porque yo ya sólo sabía vivir en ella.
Eras tú y no me cabía la menor duda de ello porque por 12 segundos yo volvía a vivir de nuevo. Porque era hora punta, hora del miedo y de las llamadas de auto-ayuda y porque no había otra que guardase silencio más alto que tú.
No era la primera vez que te descubría, ya sabía que hacer, no éramos nuevas en esto; tú me conocías bien y yo sabía deletrear cada expiración tuya. Me calzaba las botas de agua por si los charcos osaban tentarte, dejaba todo a medio hacer y cogía las llaves y los 16 euros de la entradita guardados para esto. Llamaba al ascensor, me desquiciaba su calma y mientras bajaba por las escaleras me soltaba la coleta y meneaba la cabeza. Salía del portal y ya sólo me separaban de ti un bus y unos cuantos metros.

Contaba los minutos que arañaban mi reloj y los semáforos que jugaban en nuestra contra jurando vengarme algún día. Bajaba de un salto y comenzaba la cuenta atrás de los 20 metros más largos que jamás nos habían separado.
Entonces yo llamaba al timbre mientras ponía un pie dentro,  tú levantabas la vista, recogías tu flequillo detrás de la oreja y te hacías la sorprendida al verme, fingías que la tienda no te dejaba tomarte ni un respiro (a pesar de estar vacía) y yo mentía e inventaba que me hacía falta una nueva caja para guardar los libros que ya había leído.
Tú me sonreías levantándote de la silla, cogías mi mano y me guiabas hasta la sección de cajas de cartón que tú misma hacías.  Ahora me tocaba fingir que me decidía por la de ositos aunque objetaba que la de estrellas me tenía engatusada desde hacía meses, tú te reías y me pedías que te la alcanzara, que aún estabas esperando el estirón de los 20.
Te separabas, tomabas la delantera y volvíamos al mostrador donde me cobrabas diciéndome que buscarías mi número entre esos papeles que tenías en frente y llamarías cualquier día; que estaría bien eso de vernos fuera del trabajo, tomarnos unas cervezas y recordar viejos tiempos. Yo en esos momentos simplemente sonreía, sabía bien cuando mentías, pero me encantaba el hecho de estar de nuevo en tu boca aunque fuese sólo por unos instantes. Ahora era yo la que guardaba silencio recordándonos  y esperaba, sin prisas, a que te levantases y me despidieras en la puerta.

Prometiendo vernos pronto doblaba la esquina girándome antes y viendo tu sonrisa entre la gente y entonces ahí es cuando me iba del todo satisfecha, sabiendo que había sido capaz de contestar tu llamada.

Y así es como una vez más, vuelvo a casa sola, con la única compañía de una caja que me obstaculizará el paso cuando llames callada y me recordará, cada mañana, que el invierno sopla con fuerza contra mi ventana desde que no despiertas al otro lado de la cama.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Tu Roma, con sus ruinas y pérdidas.

Yo solo quería ser tu Roma personal y los caminos que te condujesen a ella. Los atajos que te perdiesen y los laberintos donde nos encontrases huyendo de las horas. Tu mayor ruina y mi peor reconstrucción. Tus columnas sujetando nuestro suelo y aguantando el que era su cielo.

Yo solo quise ser las dos caras de la moneda para siempre darte suerte, sin saber que la suerte estaba de mi lado y, por eso, siempre caía de canto.

martes, 23 de diciembre de 2014

Nos puse en vibración y olvidé donde nos guardé.

Debe ser duro eso de buscarnos en las aceras, escurrirnos sin nosotros en las acequias o reflejarnos sin vernos en los charcos de esta ciudad. Ya no recuerdo cómo sonábamos cuando el mundo se apartaba y nos abría paso entre pisadas que deambulaban en círculos cerrados quejándose por la falta de tiempo sin ni si quiera mover un solo dedo por liberar sus muñecas. Ya no sé a qué sabe ese mar en el que aún no nos ahogamos ni cómo picaban esos jerseys que nunca compramos. Siempre tendré la duda de si hubieses sido de azúcar o de tomarlos con sacarina, de quitarle la espuma o colar la telita que a todos nos sale si nos recalentamos demasiado.
Debe ser agonizante eso de cruzarnos y no reconocernos, de llamarnos a gritos y tenernos en silencio. Debe ser estrepitoso eso de follarnos a oscuras y girarnos la cara de día, eso de buscarnos en un portal y abandonarnos en cualquier rotonda para despistar  nuestras ganas y que esta vez no nos sigan.

Debe ser jodido eso de no encender la luz cuando estés leyendo mi piel por no encontrarte con que no es mi mano la misma que araña tu espalda, y que es tu puño el único en alto y el mismo que lanza nuestras piedras firmadas contra el tejado de tu propia cabaña.

 Es jodido sí, y duro también. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Sin super, sin capa.

La gente como tú, abuelo, no tenéis un hueco entre esas hojas, no. Ni siquiera un simple e inadvertido pie de página en esos libros ilustrados que tantas veces nos miraron desde abajo.

Quizás tu nombre no llegue a salir en las noticias, ni tus versos navideños en la esquela del periódico que los domingos, hace de vasallo a los churros del viejo Joaquín.
Puede que tu cara no de color a esos comics, ni que tus refranes echen raíces en las próximas generaciones. Es más, puede que una noche el día se levante, pase por tu esquina y no recuerde que ella fue siempre tuya. Puede que una mañana sea de nuevo primavera (siempre más fría que ésta) y entonces nuestro árbol olvide tu empeño y tus cuerdas desviviéndose por mantenér-nos-lo recto.
Puede que eso pase, que llegue el día en el que ya no estés y las rosas se pudran y ella, bueno… y ella se duerma con las manos llenas de nada.
Puede que de repente la cama se vuelva gigantesca y los kilómetros empiecen a crecer con cada simple giro de almohada. Que los paseos por el parque no tengan parada en aquel nuestro banco y que las golondrinas abandonen la ventana donde tantas veces tendimos a secar nuestros sueños.
Quizás llegue el día en el que necesiten luz ahí arriba y te pongan por apellido el nombre de cualquier nueva y tonta constelación.
Y entonces yo, desde aquí abajo, escribiré sobre el mayor héroe que tuvo cojones a pisar este planeta y seguir brillando después. Sobre aquel que, con el príncipe más pequeño de todos como maestro, supo cerrarnos los ojos uno a uno para que comenzáramos a ver.

Y es que resulta que a veces, los verdaderos héroes son aquellos que se dejan el “super” y la capa olvidados detrás de la puerta para así, sin estorbos, enseñarte a sobrevivir cuando tú mismo te disparas.

Por más héroes así. Sin super. Sin capa.
.


III. Relojes de arena.

Vístete de sábado, anúdate un lazo y olvídate en la puerta de mi casa tras haber llamado.

Arranca mi  pijama y la piel que me mata. Desnúdame, muérdeme y olvídame después.
Abre el cajón de la izquierda, mezcla todos los colores que el que no espera por nadie te permita y dibújanos perfecta la sonrisa, que ella y yo ya nos encargaremos de borrarte de nuevo.

Vísteme de día, engáñame de noche y abandónala a ella en algún indeleble bosque donde no conozcan (aún) los amaneceres. Entiérrala si quieres. Lejos de mí, pero sobretodo de ti. Lejos de nosotros, lejos del sofá. Lejos de casa.
Rompe las manecillas de todos esos relojes, que suicidas, van amontonándose en tu cuello y haz con ellas un puente que te ayude a volver a la misma realidad que a mi me abandona en noches como ésta.
Bésame cuando esté contigo y abrázame cuando deje de estarlo para que sepa volver de nuevo a nuestro lado.

Y si ves que tardo, lléname de arena y golpéame hasta romperme, y quizás así se detenga mi tiempo y el tuyo comience.