Seguidores

"Y es que el universo siempre conspira a favor de los soñadores"

viernes, 11 de agosto de 2023

A través de las palabras ...

Hace unas semanas me dije a mí misma que tardaría más en escribir sobre ti, que no había ninguna prisa en hacerlo, que me tomaría mi tiempo.

Y aquí estoy, con mil margaritas naciendo de las yemas de mis dedos.

Y aquí sigo, con una curiosidad innata por descubrir cuáles serán las palabras que mejor se amolden a tu manera de sonreírme. Nerviosa por saber en cuántos tiempos verbales podré conjugarte, expectante por conocer qué tipo de rima tienes y cuáles son los adjetivos que mejor describen aquella forma tuya de acariciarme el corazón. Se ha convertido en una urgencia saber qué palabras van a llevar tu huella y cuáles, con tan sólo escucharlas, serán capaces de traerme de nuevo tu sabor.

Hoy quiero conocerte a través del lenguaje, a través de mí.

Hoy quiero otorgarle a ellas la potestad de mostrarme el camino.

 

Y aquí estoy, sonriendo a todos esos recuerdos que han calado tan profundamente en mí que a veces los oigo reír.  Sonriendo a esa suma de casualidades que nos permitió coincidir, admirando la perfección de los tiempos y la importancia de los ritmos. La genialidad de una primera proposición y la valentía que, aún sin saberlo, se escondía tras esa rotunda aceptación.

Recuerdo la risa nerviosa bailando en mis ojos, la alegría bañándolo todo. La sensación de grandeza que exudaba cada momento, la calma entrando sigilosa, la naturaleza arañándonos las piernas, la lluvia moldeándonos a su antojo.


Y aquí sigo, acumulando síes desde que te conozco. Con el corazón más lleno y la mochila sin tantos miedos, con un constante “gracias” latiendo desde dentro.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Un castillo donde era feliz.

 Se aleja despacio.

¿Dónde habrán ido a parar todos nuestros sueños?

Repara en sus pies descalzos.

¿Qué fue de nuestras promesas?

Se descubre ingrávida, como un niño con un puñado de arena en cada mano.

¿Quién guarda ahora el eco de nuestras risas? 

Los mira desafiante y espera.  

¿Sabré encontrar de nuevo el camino?

 Aprieta un poco más los puños, eleva los brazos situándolos a la altura de las cejas.

¿Podré volver a bailar en unos ojos tan lentamente como lo hice en los tuyos?

Espera hasta que el viento es tan fuerte que le corta la cara.

¿Por dónde comienzo a sembrar la paz que nos arrebaté?

Abre las manos, se le vacía una vida.

¿Acaso volveré a saborear esa felicidad?

Y llora. 


Llora como a quien le impactan 10.000 recuerdos por segundo en las pupilas, arañando todo lo que un día fueron, arrasando con todos y cada uno de los sueños que tuvieron. 

¿Y ahora yo cómo nos explico que ya no existimos?

miércoles, 15 de junio de 2022

Me declaro enamorada de la ropa tendida, de sus pinzas y sus cuerdas.

Me gusta la ropa tendida.
Tanto su olor como su estética.
 
Me gusta ver las mangas de cualquier camisa batirse con fuerza. Llenarme los ojos con sábanas que bailan canciones compuestas por faldas risueñas que, sin juicio sobre ellas, se agitan inquietas.

Me gusta descubrir, por el olfato, que hay ropa tendida cerca. Seguir su rastro y, cuando por fin la encuentro, llenarme los pulmones con el aroma que envuelve a esa familia, a esa niña que juega demasiado pronto a ser mayor, a ese padre que duerme solo. Me gusta embriagarme de esas historias aunque sepa que nunca llegaré a ponerles del todo cara a sus protagonistas.

Sí, definitivamente me gusta la ropa tendida.

Me gusta porque me habla sin palabras. Porque me recuerda que la vida sigue, que nunca se estanca. Me susurra que nosotros, los humanos, siempre tendremos los mismos dilemas independientemente de en qué generación nos encontremos.

Me gusta la ropa tendida porque en ella saboreo la definición de “hogar”; me hace recordar de dónde vengo y soñar hacia dónde voy.

Me gusta porque me afirma, sonriente y colorida, que el verano siempre llegará. Que los problemas al sol se convierten en oportunidades y que las penas, sostenidas un poquito por todos, siempre pierden su humedad.

Me gusta la ropa tendida por la suavidad con la que me habla de mamá, de sus domingos de arreglar el mundo comenzando por cambiar las sábanas de tu habitación. Por cómo me evoca esas tardes de sofá con visitas de la abuela, acompañadas de café y magdalenas alargadas.

Me gusta la ropa tendida porque siempre nos traerá vida, color y magia bajo su eterno disfraz de cotidianidad. 

Barrio de Vallecas, Madrid. 
Foto tomada por la cuenta de instagram: madridnofrills

miércoles, 12 de enero de 2022

CAPÍTULO I: PRESENTACIÓN


Dicen que uno siempre vuelve donde fue feliz y yo hoy he vuelto aquí para comprobar que aquello que sentía no era "felicidad".

Era vértigo, emoción, novedad, pulsión, descontrol, euforia, ego, falsa seguridad.

Eran mis ganas de destacar, manejar, deslumbrar y enamorar hablando por mí.

Era mi continua necesidad de colarme en un nuevo corazón aunque fuese por tan sólo un rato, de convertir la experiencia en inolvidable, de querer dejar huella sin pensar en cuál sería el precio.

Era la trivial satisfacción de ser capaz de estremecer un cuerpo extraño, de despertar en su mente nuevas ilusiones.

Era el “ahora o nunca” en toda regla inundando nuestros días. Mi propia vanidad dándose un festín; la soberbia brindando frente a sí misma. 

No fue con maldad, lo juro.

Prangins (Suiza)



viernes, 2 de octubre de 2020

Y dejé de buscar fuera aquello que siempre debió latir dentro.

 Una mañana, en un intento de calmarme el ansia, recorría la piel de mis brazos con la yema de mis dedos. Empezaba no sólo a acostumbrarme a aquél mágico ritual. Me gustaba, era mi pequeña y superflua búsqueda de paz. Y es por eso mismo por lo que lo hacía sin prisa, recreándome en la suavidad innata de mi piel y dibujando formas abstractas con el vértice de mis dedos.

Fue entonces, entre cosquilla y cosquilla, cuando me percaté de lo gruesas que se habían vuelto mis cadenas. Esas que un día, tímidas y sin permiso, habían crecido alrededor de mis muñecas. Llevaban mucho tiempo ahí y yo ya las sentía como una continuidad natural de mi propio cuerpo. Lo que nunca fui capaz de ver hasta entonces fue la gran columna a la que me tenían encadenada. Y es que di tantas vueltas alrededor de ella que ahora me explico eso de los mareos, pérdidas de rumbo y estómagos encogidos.

Esa mañana lo vi claro, al fin.

Había perdido tantísimo tiempo envuelta en giros por inercia que no sabía muy bien por dónde empezar pero, al menos, tenía claro dónde no quería quedarme ni un minuto más. Así que sí, puede decirse que simplemente abrí los ojos y me cansé. Me cansé de los círculos cerrados, de volver a empezar en la misma casilla y nunca ganar la partida. Me cansé de profetizar cómo acababa la historia y de encontrarme repitiendo los mismos patrones, las mismas inseguridades, los mismos miedos y los mismos errores. Me cansé de estar encadenada a la misma columna de siempre, de dar vueltas a su alrededor esperando que el paisaje cambiase, que mágica y sencillamente fuese diferente. Lo peor de todo es que, en el fondo, llevaba años besando unas cadenas que cada vez hacían más daño.

Pero esa mañana lo vi claro.

Me cansé de “sobrevivir”, que viene a ser lo mismo que “vivir limitado”. Sólo quería escapar, alejarme cuanto antes de aquél lugar. 

Por primera vez veía que tenía un verdadero milagro entre las manos, una nueva oportunidad que, además, se renovaría con cada amanecer. Tenía mi propia existencia latiendo entre los dedos y el sentimiento de ser la única y auténtica responsable de mi felicidad.

Así que, con una mueca de valentía en los labios, me llené los pulmones de aire y expiré todas aquellas mentiras que había creado a mi alrededor. Repasé cada uno de mis pensamientos y deseché aquellos que perpetuaban mi esclavitud. Rompí mis cadenas. Liberé mi esencia. Me limpié el polvo de las rodillas, saqué las chinas de mis zapatos, cosí con cariño los bolsillos y los llené de besos perdidos. Me sonreí desde dentro y me dejé endulzar los oídos con palabras que, esta vez, vibraban con el sonido de mi voz.

¿Y para celebrarlo? Para celebrarlo planté un jardín de rosas allí donde tantos días había llorado.

viernes, 17 de abril de 2020

SILENCIOSA ORACIÓN


Siento como el corazón palpita más despacio que nunca, como si poco a poco cualquier rastro de vida se ralentizase a mi paso. Se me taponan los oídos, se enmudece mi voz y una nube gris -instalada desde hace días entre mis pestañas- amenaza con romper.

Siento como cada número nuevo me susurra una historia de amor al oído a cuyos protagonistas nunca alcanzo a contemplar el rostro.

Siento como el corazón se estremece y encoge; me sumo en ese estremecimiento y, cuando quiero darme cuenta, lo siento encharcado en una compasión inmensa que intenta abrazar en la distancia -ahora es siempre en la distancia- a aquellas familias envueltas en llanto.

Me siento más “lejos” que “cerca” y juro que me gustaría ser todas esas risas que faltan, esos brazos que arropan, esa mano que sujeta con firmeza, esa puesta de sol que calma e insufla esperanza. Me gustaría ser todo aquello que necesitan, todo aquello que merecen, todo aquello que ahora siento que no puedo dar.  Y entonces, todo “yo”, todo mi ser con sus miedos y angustias,  se convierte en oración; en la más humilde y silenciosa oración.

miércoles, 15 de abril de 2020

A veces me asusta.


A veces me asusta.


Y es que no acabo de acostumbrarme del todo a eso de que me nazcan margaritas de los dedos cada vez que acaricio tu espalda. Ni a que sepas si me desperté soleada, con complejo de vendaval o con pretensiones de huracán con tan sólo cruzar dos palabras.

Tampoco logro acostumbrarme del todo a esa fuerza con la que me atraes una y otra vez hacia tu persona, haciéndome recortar cualquier mínima distancia entre los dos. No entiendo cuál es esa magia tuya que -a pesar de los años- sigue siendo un misterio y logra envolverme por completo. Esa que me atrae sin miramientos ni frenos, que no entiende de lugares o momentos correctos. Aquella que me hace morder deliberadamente el anzuelo que despunta en tus pupilas para, minutos después, acabar muriendo en el filo de tu boca.

Y es ahí, justo ahí, a dos milímetros de rozar tu aliento, donde pierdo la razón y ya no tengo tan claro si muero o nazco, si acabo de resucitar o no había vivido hasta entonces, si sabes a cielo o acaso es éste quien sabe a ti convirtiendo así, el "blasfemar", en un pecado algo menos serio.

domingo, 21 de abril de 2019

La inocencia aquél día se vistió de violeta.


Nadie -jamás- pidió perdón por la flor arrancada. Ni siquiera por su inevitable declive tras el paso de vuestros tornados.

Por no pedir perdón, ni siquiera lo hicisteis al ver como el jarrón tan preciado que guardaba entre mis manos caía al vacío rompiéndose en mil pedazos. No escuché tampoco ninguna disculpa cuando el estruendo me despertó  y, sobresaltada, comprobé que el mundo  no era -ni volvería a ser- el mismo.

Juro que jamás he vuelto a cerrar los ojos con tanta fe como entonces.

Tampoco os escuché musitar ningún “lo siento” cuando el grito ahogado que callé –y no debí hacerlo- estrangulaba mis cuerdas debajo de aquél agua que, más que limpiar, embalsamaba.  

Y es que a día de hoy -y sólo a veces-  sigo tratando de encontrar las piezas de aquél jarrón violeta que estalló contra el frío suelo de un sexto con ascensor y poco descansillo.

Quién sabe, si quizás, movida por el ansia de restaurar aquello que a priori parece imposible o simplemente para recoger con mimo cada uno de mis yoes más pequeños y llevarnos a un sitio mejor donde descansar. 

Donde descansar sin miedos.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Quizá cuando despiertes ya no quede nadie


Yo, que te he mirado fijamente y no te he visto, quiero decirte que siempre lo intenté.

Pero ya me he cansado.
Me he cansado de jugar al escondite con alguien que no quiere que le busquen y mucho menos que lo encuentren.

Y es cierto, me hubiese encantado quedarme contigo y luchar contra todos esos gigantes que te retienen. Tramar cómo hubiese sido el ataque y guardar bajo la manga nuestro "factor sorpresa" como siempre hacíamos de pequeños… pero ésta es tu guerra, no la mía. Y aun así tú prefieres arremeter contra mí que contra ellos.

Podríamos haber sido fuertes, pero sigues confundiendo al enemigo.

Te digo que es cierto, créeme.
Hubiese preferido la lucha que el tener que retirarme. Pero no me dejas hueco y siempre que me acerco acabo con la boca estallada y las alas rotas.


Mírame a los ojos porque sólo te lo diré dos veces más: Ya me he can s a d o.

Me he cansado de ser la pared donde acaban estrellándose todos tus platos.
Que no quiero ser más saco de boxeo de nadie si nunca vas a salir ahí fuera a luchar por tu libertad.
Y también he decidido que tampoco quiero seguir siendo la mala de la película que tú mismo guionizas.



A veces, me gustaría ser parte de tus sombras para estar en tu cabeza, saber cómo te destruyes piensas, y comprender qué es lo que te impulsa a sacarnos a todos de tu vorágine de mierda. 

Entiende que si hablamos, fue porque queríamos quedarnos.

Me gustaría saber por qué te empeñas en respirar bajo el agua si nunca tuviste branquias. Qué te lleva a querer ahogarte sólo y ser incapaz de agarrarte a todas esas manos que, agarrotadas por el frío, se extienden una vez más hacia ti queriéndote -al menos- rozar.
Pero tú sólo escupes.
Y muerdes.


  - Ven. 
   Acércate y léeme los labios, porque ésta será la última vez que voy a repetírtelo: 

       Y a     m e     h e     c a n s a d o .


Me he cansado de ser aquél jarrón blanco que tú mismo empujas, cae y se rompe y encima no pueda llorar mi propia pérdida.  

Estoy cansada de fingir que no pasa nada, que todo sigue como siempre, cuando desde hace años ni tú mismo te encuentras en el espejo.

Me cabrea el hecho de que no me preguntases si quería jugar y sólo cuando comenzaba a picar me di cuenta de dónde estaba yo y de que tú ya estabas haciendo trampas, como siempre, sobrepasando con tu pie la línea de lanzamiento.
Y ahora, que me he cansado y entiendo que no tengo por qué aguantar tus veintiún mil dardos casi tan envenenados como equivocados, reivindico mi derecho a no ser más diana de nadie.

Que no es justo eso de no saborear tu miel pero aún así llevarse todos los picotazos. Que tú las tendrás alergia, pero a mí se me está cerrando ya la tráquea y la cabeza me explota de no entenderte.

Que ahora si pienso, escuece, y si busco no te encuentro. 
Y si me abrazo sólo recuerdo el huracán de cuchillas que lanzaste y que ahora tengo que sacar una a una de mi espalda.

Que tienes escorpiones en la lengua y el antídoto, aunque está en ti, aún no lo has encontrado.

Que me he cansado de abrazarte con los ojos cerrados mientras tú empuñas algo más que flores. Que no dejaré que aprietes más el gatillo, ni coleccionaré esos afilados dedos tuyos que tantas veces apuntaron hacia mí.



(...) Y en el fondo todo esto duele más de lo que imaginas. (...)

Y duele tanto porque sé de primera mano cómo rugen y tiemblan de inseguridad tus cimientos. También he vivido cómo desgarra por dentro el que se agrieten las paredes de tu consciencia y empiece a filtrarse una voz que aunque reconoces que no es la tuya no puedes plantarle cara e impedir que llene todo tu "tú" de humedades.

Pero sobre todo, me da pena el hecho de que no entendieses el significado de un sucio trapo blanco ondeando en una simple mesa de madera. 

Y es triste intuir que el cuadrilátero donde te atrincheras algún día se quedará pequeño para albergar tanta pena y acabará volando (contigo dentro) por los aires. 

Y ahí, sólo ahí, puede que del golpe despiertes y no te quedará otra que salir al mundo... pero quizás, para ese entonces, ya no te quede nadie.






domingo, 2 de septiembre de 2018

Sin arnés


Me deslicé por la escalera del mundo y salté del primero al tercero sin arnés.


Y ahora, con tanta prisa fuera y tanta inercia en “casa”, casi olvido cómo suena la risa de aquellos que saben que no tienen nada que temer.

Casi olvido la sensación de la tierra impulsando mis pies descalzos, las canciones, los juegos y los bailes. Casi olvido su pequeña mano agarrándose a la mía, su mirada desde abajo, el camino mostrado.

A veces, siento ganas de escapar.

Y es cierto, he cogido como vicio eso de correr bajo la lluvia, sólo que aquí sabe algo menos a libertad.

A veces cierro los ojos y estoy allí, donde Tú siempre estabas conmigo.

Y es cierto, el agua aunque no esté fría también quita la sed.

A veces me gustaría tener menos y sentir(te) más.

Y por ser cierto también lo es el saber que no he vuelto a sonreírle al mundo de ese modo, ni he vuelto a tener las manos tan grandes y llenas de barro como allí. 

Siendo honestos, yo tampoco sé qué hago aquí. A medias tintas, tejiendo por un lado y deshilachando por otro. 



Ecuador (08/17)


viernes, 22 de diciembre de 2017

Declaración de intenciones

Esta noche no quiero que hagamos el amor, quiero que él nos haga a nosotros. 

Que nos encuentre por sorpresa, a punto de dormirnos. Que se cuele por debajo de la manta y entrelace nuestros pies. Que suba por nuestras rodillas y haga temblar las mías. 

Quiero que se deslice por tu espalda a modo de brisa y tú te quejes de que siempre te robo todo, hasta las mantas. Que te haga abrazarme más fuerte y despierte en tus labios un beso que muere en mi nuca y revive mis ganas. 

Quiero que se haga vorágine de nervios en mi estómago y empuje con fuerza mi espalda contra tus latidos. Que se cuele en tu boca y en forma de mordisco letal aniquile dulcemente el borde de mi lóbulo izquierdo. Que retuerza mi cuello sobre sí mismo en busca de tu aliento. Que se divida en veinte y comience a trazar partituras que sólo el cuerpo entiende.

Quiero que, cuando queramos darnos cuenta, ya sea demasiado tarde. Que estemos sin ropa, mirándonos a los ojos y buscando una explicación al por qué no podemos dormir juntos.


Y es que esta noche, vino el amor y nos hizo, y nosotros no tuvimos más remedio que sucumbir al deshielo. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Despierta

Ven, levántate.
Dame la mano y déjame atraparte media vida más.
Sígueme, pero hazlo ya.

Déjame llevarte donde aún las montañas hacen llorar a las nubes. Donde aún nos sufren.
Déjame.
Déjame llevarte conmigo.

Regálame una sonrisa y entenderé que aceptas mi propuesta. Hazme reír a carcajadas y las hadas saldrán a nuestro encuentro.
Déjame despistarlas, juguemos los dos solos, juguemos a perdernos.
Silba tu canción favorita y enfádate cuando ésta juguetee con mis cuerdas vocales sin tu permiso.
Constrúyenos un columpio.
Un columpio tejido a base de margaritas impares donde no exista el vértigo ni tampoco el miedo. Uno muy alto, el más alto, capaz de atravesar cascadas sin mojarse y desde el cual, riendo, pueda vigilar al sol. Constrúyenos uno que huela a azahar todas las noches, uno al que podamos llamar hogar y al cual siempre podamos volver, estemos donde estemos.

Véndame los ojos, sujeta mis muñecas y bésame la comisura de los labios para saber que eres tú.
Atranca la puerta que siempre abren y enciende un fuego que pueda derretirnos de una vez por todas.
Sonríe, déjate llevar. Quémate los dedos tratándome de alcanzar, abrásate la lengua intentándome convencer de que me quede.

Ven, no tiembles, el terremoto ha pasado.
Ven, puedes venir a morir conmigo al lado seco de la cama.

Hoy volveré, sin que lo sepas, a soplar sobre cada una de las estrellas mientras tú, arrastrado por  la magia de la luna, pides un nuevo deseo. Hoy, como de costumbre y sin que lo veas, me atreveré a apagar el mundo sólo para que tú sueñes conmigo.

Ven, dame la mano.
Déjame llevarte de vuelta.
Ven, despierta.


Búscame.

domingo, 21 de mayo de 2017

XXVIII

Vuelves.

Y no quiero tener que afrontarlo todo de nuevo.

Vuelves en cada periódico mal doblado, en cada línea subrayada de aquél libro que nunca acabaré. Y es que ser capaz de leerte en los poemas que nadie escribió pensando en ti hace que me muerda un poco más fuerte la lengua, y sangre.

Vuelves, en cada esquina que no me atrevo a doblar por si acaso estás y nunca vuelve a ser conmigo. En cada paso de cebra que salto esperando a que me sigas y beses mis pasos. En cada alfombra que piso descalza y no es para acabar examinando las vetas de tu armario.

Vuelves, llamando a mi puerta con una caja roja de terciopelo donde ahora, de vez en cuando, nos paso una mopa y nos limpio el polvo que comienza a hacernos daño. 
Vuelves, y me traes las manos llenas de heridas y cocos en los que dejar consumiéndose nuestros días malos.

Vuelves, con ese paso rápido, la respiración agitada y tu mirada inquieta, barriéndolo todo.

Vuelves, y traes contigo el primer día juntos con su primera noche blanca, el amor desparramado en una cama prestada, una foto en el espejo, un recuerdo que me atrapa.


Vuelves, esta vez sin saberlo, y yo siendo más tuya que nunca, sin pretenderlo.

domingo, 14 de mayo de 2017

Desplegar las alas rumbo a casa.


Hay una llama que tirita, un soplido que amenaza, una verdad que se eleva.

De nuevo despierto, envuelta en sudor, y sé que no te has ido pero que tampoco estás del todo.

No sé si debería alegrarme por poder sentir el chasquido de esa llave introduciéndose en el contacto;  conformarme con que aún no haya arrancado el viaje, o enfadarme porque no es capaz de decirme cuando lo emprenderás.
Antes de despertar intento abrazarte pero tu cuerpo se desvanece entre mis dedos a cada amago que hago por alcanzarlo.
No es este el lugar.
Tendré que correr, me aconseja, si quiero llegar a tiempo.
Su voz acaricia mis mejillas, es fría, pero no quiere hacerme daño.
Agradezco que no quiera clavar su mirada en mí, pero nunca a costa de esos robos a mano armada que anuncia gritando a modo susurro, haciéndome temblar y desvinculándome del mundo. Cortando mi respiración, apagando mis sentidos, acelerando mis latidos; dejándome completamente vacía llorando una pena que no es la mía. 
A veces tan sólo me gustaría no estar al tanto de sus planes.

Supongo que podría verse como cierta ventaja, en parte tenéis razón, en parte no.

Ahora sí que estoy en el lugar correcto, ahora sí que estamos, ahora sí que somos reales. Entonces tú me miras, me coges la mano y bromeas sobre aquél viaje que crees que has burlado. Yo me río mientras peino el paso del tiempo metaforizado en tu cabello. Vuelvo a abrazarte y te prometo que todo irá bien, que vas a estar bien, que aún no me he ido, que de esta noche me encargo yo, que puedes dormir tranquilo.

Que sus manos te lleven lejos de aquí.

lunes, 6 de marzo de 2017

Orgasmos en el cielo

Yo también hablo de tácticas si te digo que pretendo acunarme en la curva de tu cuello mientras mordisqueo el borde de tu lóbulo derecho que tirita de frío y refleja mis ganas
.
Yo también hablo de tácticas cuando paso mis dedos por tu cara y acaricio tu frente mientras transcribo mis planes de futuro contigo al paso de mis yemas por tu piel.

Yo también hablo de tácticas cuando te miro desde abajo, volviéndome lirio en tus brazos, mientras me dejo mecer por tus silencios y escucho como éstos entonan la última nana que promete acallar, por siempre, cada uno de mis miedos.

Supongo que tú también hablas de éstas cuando me despeinas las cejas y me estrujas los morros entre tus manos haciéndome sentir besugo que no habla y que se asfixia si no llegas pronto hasta su boca. Cuando me haces reír como nadie nunca había hecho hasta el momento, buscándome las cosquillas en los lugares que más odio de mi cuerpo.

Supongo que tú también hablas de tácticas, cuando jugando a ser Dios y sirviéndote de un sólo suspiro logras levantar violentos huracanes en la zona más mundana de mi espalda. 
Cuando con tus dedos concentras toda la magia inventada en el punto exacto que me lleva hasta el extremo de creerme capaz de explotar en cientos de fuegos artificiales y oír orgasmos en el cielo.

A decir verdad, podría recorrerte la piel a lametones y comenzar la desalinización oficial de tu cuerpo haciéndome, así, curar las heridas más internas del mío. Hacerte el amor con la mirada cuando reposo a tu lado después del gran polvo del año o reírme hasta las tantas mientras buscamos unas ganas que prefieren dormirse en la tranquilidad de tus abrazos que incendiarnos la piel.

Podría, si quisieses y alguna vez los tienes, arroparnos los miedos con cada una de las palabras que nacen de mis dedos y mueren en tu cuerpo en forma de caricias perennes.

Podría también, besarte las ideas mientras te miro a los ojos, morderte la oreja mientras te beso el hombro izquierdo. Susurrarte los motivos que tengo para imaginarnos juntos, convencerte, sin mover siquiera mi lengua, de todos los buenos días tan buenos que están por llegar.


Y es que, amor, ojalá pudieras entenderme cuando te digo que el “te quiero” empieza a quedársenos demasiado corto.

sábado, 18 de febrero de 2017

Hoy vuelvo a ser menos yo

Hoy, más que nunca, soy todo aquello que prometí alguna vez no volver a ser.
Aquél juramento en vano y los dedos cruzados detrás de mi espalda.
Aquella sonrisa fingida que acompaña al “bien” que sólo tú sabes ver.
La genuflexión de ambas rodillas frente a aquél que me deja más vacía de mí misma.

Quédate.
Aunque no entiendas cuál es el tormento.

Quédate.
Aunque no entiendas mis motivos.

Quédate.
Aunque no sepas qué sobra en todo esto.

Quédate.
Aunque no sepas qué me falta.

Hoy, más que nunca, soy todo aquello que prometí alguna vez no volver a ser.
La negación del problema.  La mirada  hacia otra parte. La aceptación de su victoria.
Aquél reencuentro con los temblores que alguna vez celebré que fueran míos.
El infinito abrazo a las baldosas que vuelven a sostener mi cuerpo, vencido, hundido.


Hoy, más que nunca, caigo en picado siendo todo aquello que prometí alguna vez no volver a ser.

jueves, 19 de enero de 2017

Quiéreme cerca

Podría quedarme a vivir de por vida en el hueco perfecto entre tu pecho y tu hombro.

Podríamos convivir en un adosado los días en los que me odies un poco más o me quieras querer un poco menos. Compartir, de este modo, la pared que nos separa. Prometo, de antemano, no ser una buena vecina. Ya te estoy avisando, no me hables de traiciones y traidores después. 

Rasgaré en mil pedazos las cortinas que me regalarás, con una sonrisa, como bienvenida a tu pequeño vecindario. Arrastraré sillas, compraré muebles inservibles y redecoraré la casa cada 30 minutos de reloj. Reloj que, con cada en punto, traerá al mundo un pequeño jilguero que te atormentará los oídos hasta el punto de hacerte querer vivir medio bien, como lo hacía Van Gogh. Jugaré a las canicas a la hora de la siesta y a la diana, sin ella, cuando tengas que ponerte a trabajar.
Luego quizás descanse, hacerte la vida imposible me es tan agotador. Me pondré cómoda. Optaré por una camiseta ancha y larga que cubra mi falta de decoro y de ropa interior. Me encenderé un cigarro y saldré al porche a observar cómo, inútilmente, intentas encontrar un poco de paz. Daré vueltas al mechero mientras valoro si ya es suficiente por hoy.
Pero pondré fin a mi débil pensamiento vaciando mi cenicero en el felpudo de tu puerta con una nota en la que diga que habrá chocolate caliente y algodón de azúcar sólo si me dejas pasar.
Entonces te dibujaré un maltrecho corazón y firmará abajo “la vecina de al lado” escondiendo en un simple garabato todas las ganas del mundo de que le hagas un poco de caso.


domingo, 30 de octubre de 2016

Cerebros desnutridos

Oscuridad. Vacíos inmensos. Miedo. Prisas. Mismas ideas, mismos complejos, mismos sueños.

Cadáveres sentados frente a la caja de las mentiras creyéndose cultos, creyéndose doctos.
Despojos de vida.
Harapos de chispas.
Cadáveres que ríen, mientras tratan de tapar sus fugas con vicios prohibidos que ahora están a la orden del día. Cadáveres disfrazados de alguien que no son. Mujeres que se aliñan, que se esconden de ellas mismas, que voltean la cabeza frente al reflejo de lo que realmente son. 

Aceptación negada. Búsqueda frustrada. La soledad rompiéndote las ventanas.

Personas a medias  que se regalan al completo sin ni si quiera conocer el valor de sus ideas, la fuerza de sus pestañas. Hombres que buscan en cuerpos ajenos aquello que les falta. Hombres que pierden la paciencia, que gritan y luego se calman. Hombres a los que nadie les enseñó que para encontrar sólo debían mirar dentro.

Cadáveres. Todos vivos pero cada vez más muertos.

Individuos inertes, estáticos. Sin rumbo ni metas. Individuos más pobres que nunca, más solos que nunca, más maleables que nunca, más absorbidos que nunca, más estúpidos que nunca.

Cuerpos abocados al incendio. Manos en desuso. Cerebros desnutridos.

Cadáveres llevando flores a su ombligo, haciendo éste cada vez más grande, dificultando así la salida de ellos mismos. Cadáveres cavando su propia tumba emocional, sembrando semillas de humo, regando las aceras para ver crecer la nada. Cadáveres inmersos en el mundo que guardan en el bolsillo. Esclavos de la apariencia, de la aceptación en una red de muertos inmortalizando momentos al alto precio de no vivirlos.

Sociedad axfisiante. Lenguas corrosivas, abandonos anunciados, heridas que no curan.

Cadáveres obviando las puestas de fuera. Las hojas de fuera. Las nubes de fuera. Los charcos de fuera. Los niños de fuera. Las flores de fuera. Las sonrisas tímidas de fuera. El viento de fuera. Las ramas de fuera. La  vida de fuera.

Miradas vacías de personas vacías en estado de espera.
Aletargamiento emocional.
Mañana será otro día.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La conquista más bonita la llevaron a cabo tus manos

Quiero que te aprendas cada uno de los lunares de mi espalda, que traces una línea con todos ellos y, que ésta, te sirva a modo de amarra donde poder agarrarte cuando todo tu mundo se derrumbe.

Quiero que claves tu bandera en cada uno de los huesos de mi columna vertebral. Que me negocies a base de besos en la nuca, que explores mis costados, recorras mi envés con la punta de tu lengua y conquistes el final de la curva de mi espalda con las tropas de tus dedos.

Quiero que no tengas piedad con las playas que encuentres al paso de tus yemas sobre mi piel. Que no te preocupes de las marcas que en ella dejes ni de lo que puedan llegar a decir de ti, en un futuro, los mejores libros de historia. Quiero que entres en mí, sin miramientos, sin cautela. Quiero que entres y arrases con todo signo de vida humana previo a tu llegada. Que me hagas arder, para purificarme -o matarme del todo-, pero a mí conmigo, a mí sobre ti.

Quiero que busques en mi cuello el lugar adecuado donde encajar tu mandíbula y echarte a crecer. 

Quiero que me busques las cosquillas y te encuentres con escalofríos llenos de vida en la profundidad de mi ser.

Quiero que hagas llover entre mis piernas mil y un diluvios que susurren tu nombre.

Quiero matarte de sed. Hacerte naufrago de mis mares y ofrecerte una costilla a modo de salvavidas hasta que la tormenta amaine.

Quiero que te enfades por ello. Que saques tu artillería pesada y me desarmes contra el filo de cualquier libro, rompiéndome la boca con cada aliento que me escupes.

Quiero que me agarres de la cintura, me separes en dos vertientes y me mires a los ojos mientras galopas hacia el epicentro de mi vientre. Que encuentres en él el punto exacto donde quedarte a vivir de por vida. Donde regalármela a mí.

Quiero que el ansia de llegar a tu destino escondido entre mis muros te haga desbordarte de tus propios límites. Que te crezcas sumido en mis vaivenes, que vuelvas a mirarme a los ojos por última vez antes de morir; sentir terremotos en mis piernas, desglaciaciones en mis muslos, estallido de ti.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Gooey

Me he comprado dos espejos para ver si frente a alguno logro reconocerme la verdad.

Me come la culpa mientras yo me encargo de vomitar los trozos atragantados de un arrepentimiento que llegó tarde a mi garganta.

Pasan los días y yo paso con ellos volviéndome cada vez más verdugo, menos víctima.

Sería casi tan hipócrita por mi parte como estúpido, llorar nuestra muerte cuando fui yo quien nos disparó mirando hacia otro lado. La misma que, tras oír el disparo, corrió a esconderse en el pecho de alguien que nunca quiso ser refugio de locas.  Aquella que fingió consolar tu falta en la espalda de un extraño al que le siguieron dos más.

Aún hay días en los que me despierto y sigo encontrando en mis manos restos de sangre. Quizás es que traté de curar una herida mortal con parches del jardín de infancia. Eso explicaría por qué aún no has dejado de sangrar. 
Quizás deba dejar que nos entierres. Llorarnos y asumir que estás mejor sin mí. Al fin y al cabo nadie merece que acaben con él por la espalda.


Supongo que ha vuelto a suceder, pero esta vez no nos llevaré flores.