Me he comprado dos espejos para ver si frente a alguno logro
reconocerme la verdad.
Me come la culpa mientras yo me encargo de vomitar los
trozos atragantados de un arrepentimiento que llegó tarde a mi garganta.
Pasan los días y yo paso con ellos volviéndome cada vez más
verdugo, menos víctima.
Sería casi tan hipócrita por mi parte como estúpido, llorar
nuestra muerte cuando fui yo quien nos disparó mirando hacia otro lado. La
misma que, tras oír el disparo, corrió a esconderse en el pecho de alguien que nunca
quiso ser refugio de locas. Aquella que
fingió consolar tu falta en la espalda de un extraño al que le siguieron dos
más.
Aún hay días en los que me despierto y sigo encontrando en
mis manos restos de sangre. Quizás es que traté de curar una herida mortal con
parches del jardín de infancia. Eso explicaría por qué aún no has dejado de
sangrar.
Quizás deba dejar que nos entierres. Llorarnos y asumir que estás
mejor sin mí. Al fin y al cabo nadie merece que acaben con él por la espalda.
Supongo que ha vuelto a suceder, pero esta vez no nos
llevaré flores.